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El Baticine

Un cine donde el volumen estuviera bajo para no despertar a mi bebé en brazos y donde pudiera beber vino y cervezas antes del mediodía sin que nadie me viera con mala cara. Ese era mi sueño cuando llegué a Tepoztlán, en Morelos, a criar a mis hijos cuando la maternidad me había alejado de mis amigos, los museos, los bares y las salas de edición. Tepoztlán, pueblo mágico, es famoso por su pirámide y sus micheladas en vaso de plástico. Hace años que el auditorio dejó de funcionar como cine y abundan los puestos de películas piratas ante la imposibilidad de la mayoría de sus habitantes de ir a las salas comerciales de Cuernavaca y Cuautla.

 

En el 2015, con la ayuda de Paulina Suarez y Michael Ramos, rescaté una colección de cine de mi familia que muy pronto nos atrevimos a llamar el Archivo Cinematográfico Permanencia Voluntaria. Nos prometimos que sería un archivo de puertas abiertas, aplicamos al FONCA y cuando nos dieron la beca ingenuamente creímos que tendríamos la vida del archivo resuelta. Sin embargo, ser el único archivo de cine independiente en México que se especializa en dignificar el cine popular nacional es una responsabilidad que en varios momentos nos ha superado. ¿Cómo mantener un proyecto así al margen de las becas? Porque después del FONCA no volvió a llegar más apoyo nacional.

 

Al inicio, el Archivo estaba apretujado en una pequeña bodega que colinda con el panteón del pueblo y ahí, con un proyector de 16 mm apuntando a una pared blanca y con sillas improvisadas o tapetes en el suelo hicimos nuestras primeras funciones. La intención de esas funciones era que la gente supiera que existíamos y que donaran 100 pesos al mes para ayudarnos a sostener el archivo. No conseguimos ningún mecenas pero al cabo de unos meses conseguimos apoyo de la Red de Cineclubes del Estado de Morelos, que nos equiparon con una pantalla gigante, un proyector digital y bocinas. La pantalla no cabía dentro de la bodega así que cada vez que el clima nos lo permitía, teníamos que armarla y desarmarla para una función al aire libre, sacando sillas al estacionamiento, acomodando extensiones, bocinas y proyector, y esperando que oscureciera y que el viento no se llevara la pantalla volando. Esas funciones tenían que ser gratuitas y tardábamos más de dos horas en armar y desarmar para audiencias de tres o cuatro personas, dos de los espectadores mis hijos... 

 

Recordando aquellos días no sé con qué ánimo aguantamos. No sé si fue la locura o un gran amor lo que me mantuvo esperando que con cada función las cosas mejoraran. Era un proyecto insostenible, no había ninguna retribución económica. Tenía que hacer otros trabajos para mantener al pequeño monstruo que devoró todo lo que ganaba por otros lados y consumió todo mi  tiempo y mi energía.

 

Recuerdo un día pensar lo increíble que sería tener dos bodegas contiguas, una para el archivo y otra para el cine, porque suponía un desgaste horrible tener que estar armando y desarmando la pantalla. Además, por alguna razón cada vez costaba mas trabajo estirar la tela de la pantalla para armarla y llegó un momento en que no podía hacerlo sola. Estuve soñando despierta con la posibilidad de armar un cine dentro de otra bodega y visualicé lo lindo que sería estar sentados al lado de las latas de películas que ayudarían a que el sonido no rebotara en las paredes. Al cabo de dos semanas se liberó la bodega justo al lado y no pude resistir. El día que la renté me vino un ataque de miedo: ¿con qué dinero iba a pagar otra renta? Se sumaban las responsabilidades y mis colegas del archivo se estaban buscando la vida por otros lados, en realidad en el día a día estaría sola pero ya no había nada que hacer, más que confiar en que por algo el universo había atendido mi llamada.

 

Durante meses en una bodega fría y sin personalidad, con sillas prestadas y con un tendedero de ropa de fayuca que vendía para poder pagar la renta, empezamos a hacer funciones más seguidas. Yo odiaba esa configuración del cine que ni siquiera tenía nombre.

 

Había que seguir dando pasos, me prestaron 40 mil pesos y con ese dinero hice milagros. Lo primero fue ponerle nombre en honor a mi heroína mexicana favorita: La Mujer Murciélago. Imprimí una lona de 2 m con su cara enmascarada, compré unas butacas de los años 40 que estaban en un deterioro absoluto, las mandé arreglar, pinte el espacio, enmarqué posters, construí con mis propias manos una taquilla, compré un mueble para la  dulcería, construí una cabina de proyección en el segundo piso, me aseguré que nada del archivo que pudiera robarse fácilmente quedaba a mano, rehíce la instalación eléctrica, instalé un baño...

 

Hice todo lo que pude para sobrevivir: invitar a la gente gratis, regalar palomitas, asumirme como guardería de niños, salir a pegar posters con la cartelera por todo el pueblo, cocinar burritos cuando se acabó la ropa para tener algo que vender, montar una zapatería en un rincón de la cafetería...!

 

Intenté convencer a todos mis amigos cineastas que me prestaran sus películas para pasarlas y a algunos les obligué a venir a hacer presentaciones, a veces con cuatro personas en la sala...

 

El cine me daba una enorme felicidad cuando lograba ver las posibilidades que la experiencia colectiva alrededor de una película puede generar. Engañaba a los niños anunciando que verían una película de Disney o de Pixar y cuando llegaban les decía que les pondría unos cortos y así les colé toda mi colección de Méliès, Chaplin y Buster Keaton. Algunos salían enojados porque no cumplía con la película que había prometido pero otros ni cuenta se daban. Con que uno empezara a reírse era suficiente para que esa alegría se contagiara al resto de la sala.

 

Luego vino el temblor y nos caímos junto con él. Las bodegas sufrieron algunos daños físicos que tenían arreglo  pero el interior del cine y del archivo eran un espectáculo devastador... Era el momento ideal para zafarse de esta locura y decir hasta aquí llegue. Excusa perfecta para abandonar la nave. 

 

Recuerdo llorar un día en una esquina del cine encharcada con la lluvia que se colaba por las grietas y darme cuenta que ya entrada en los 40 no se vale estar soñando. Durante algunos días me enfoqué en levantar los pedazos de memorias y construcciones rotas de mi casa y de casas de otros amigos  para distraerme del monstruo que estaba devorando el cine y el archivo detrás de las cortinas cerradas. Fue aquí cuando salió la comunidad a mi rescate, yo que me creía la misma Mujer Murciélago súper poderosa me di cuenta de mi fragilidad, me quité la máscara y acepté que no podía seguir sola.

 

De todas partes llegaron gestos de extraordinaria generosidad. Aún me conmueve pensar en todos los que ayudaron, muchos de los que ni siquiera sé su nombre. Mucho no me conocían y sólo habían escuchado de mí a la distancia; muchos estaban viviendo sus propias pesadillas y aún así ayudaron. Gracias, gracias, no se ya ni cómo decir gracias una forma que exprese lo que siento.  Sentí también una enorme responsabilidad de volverme a levantar con esa ayuda.

 

Paralelamente estaba yo en medio de una controversia sobre El Santo, nuestro héroe de la lucha libre, después de haber logrado restaurar con apoyo de The Academy Film Archive y Nicolás Winding Refn las dos primeras películas en las que el enmascarado hizo su debut y que la Cineteca se negaba a exhibir, cuando vino Tim Burton a Mexico y en conferencia de prensa habló de su relación personal con el cine de El enmascarado plata. El periodista y amigo José Antonio Monterrosas me escribió desde la conferencia y me contó lo que estaba pasando. Él sugirió que le escribiera y así fue como en 3 minutos redacté mi carta a Santa Claus, que Tim Burton recibió al terminar su conferencia. Le pedí que nos visitara y nos ayudara a dar visibilidad a nuestros esfuerzos y así fue como dos días después llegó uno de mis héroes a repartir abrazos y buena onda, se puso la máscara del Baticine y me devolvió la posibilidad de seguir soñando.

 

A partir de ahí el cine y el archivo juntitos han ido mejorando cada día con pequeñas acciones, con mucho amor, con muchos aliados y con amigos increíbles. Ayudó que en nuestro pueblo mágico existe una increíble comunidad cinematográfica que se ha reunido ahí, y que directores como Carlos Reygadas y Sebastian Hoffman reconocieran en la humildad del Baticine su encanto. Ellos y sus distribuidoras Mantarraya y Piano me han apoyado, viniendo a presentar sus películas en vivo y dejándome exhibir su catálogo en condiciones inmejorables, convirtiendo así en realidad el sueño que siempre tuve de que el Baticine fuera un espacio íntimo en el que no cabían el ego, los nervios, la prepotencia, dejando lugar sólo para el puro gusto por el cine y dejando de clasificar las películas en buenas o malas. Es un espacio de cohesión social en el que Carlos tiene que explicarle a la señora de las quesadillas por qué su película es tan larga y Hoffman termina invitando mezcales al chavo de Tepoztlán que quiere estudiar cine y quiere sus consejos.

 

Hace unos meses Elisa Miller se asoció al Baticine. Llegó con una estrella bajo el brazo y desde entonces su energía ilumina todo lo que hacemos. Vino el fenómeno Roma y pudimos sumarnos al circuito de exhibición alternativa apostando con todo para comprar un proyector 4K y mejorar el sonido de sala. De la noche a la mañana pasamos a ser un cine de verdad ante los ojos de nuestra comunidad. Teníamos posters para promocionar y la sala llena con cada función.

Empezamos a tener pláticas con otras distribuidoras y a tener en cartelera películas que antes soñábamos.

 

Cambió la percepción que la gente tenía de nosotros y empecé a escuchar de personas que no me conocían cosas buenas sobre el Baticine: En el Baticine se escuchó Roma mejor que en la Cineteca, en el Baticine las palomitas se hacen con aceite de coco y si a tu hijo le aburre la película puede salir y ver VHS. En el Baticine si no tienes dinero te apuntan en un pizarrón y puedes pasar a pagar otro día, pero si te tardas lo suficiente te borran de las Batideudas....!

 

Yo siempre pensé en este espacio como un archivo y un cine de verdad, ahora volteo al pasado y me doy cuenta de lo optimista que fui, pero quizás esa fue la clave para sentir que hoy estoy del otro lado, que el Baticine ya ha dejado huella y que algún día alguien contará cómo creció en un pueblo en el que se metía a la sala por un pasillo sin pagar y jugaba con cortinas de celuloide y se enamoró del cine. Ese pensamiento, y saberme responsable, me llena de felicidad y de energía para seguir creyendo en los sueños.

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